La Dehesa: un paisaje único

Las características geográficas del Suroeste de la Península Ibérica y los distintos avatares históricos por los que han pasado los pueblos que han habitado este espacio a lo largo de los siglos han modelado un paisaje, un sistema de explotación de la tierra, de un enorme valor y que está considerado un claro ejemplo de la multifuncionalidad productiva y de la sostenibilidad ambiental. Siempre ha existido una importante falta de consenso a la hora de definir qué es una dehesa según se haya visto desde los múltiples puntos de vista que confluyen en este sistema de explotación, por ello en el Libro Verde de la Dehesa se especifica que debe ser considerado como tal todo “sistema de explotación ganadera y/o cinegética de carácter multifuncional en que al menos el 50% de la superficie está ocupado por pastizal con arbolado adulto disperso productor de bellotas y con una fracción de cabida cubierta entre el 5 y el 60%”.

La dehesa ocupa en España alrededor de 3,5 millones de hectáreas si se tienen en cuenta los criterios del Libro Verde, aunque otros informes recientes de los ministerios de Agricultura y Medio Ambiente elevan esta cifra a 3,9 millones de hectáreas. Todo depende de la consideración de las dehesas y su grado de aclaramiento de monte bajo, pues se considerarían dehesas aquellas que lo son potencialmente pero que tienen un elevado porcentaje de matorral. En Portugal, donde a la dehesa se la denomina montado, la cifra alcanza algo más del millón de hectáreas. La distribución de la dehesa en España tiene sus máximos exponentes en Extremadura, con 1.237.000 hectáreas (35%), y en Andalucía, con 946.482 hectáreas (27%). En Castilla La Mancha alcanza las 751.554 hectáreas (21%), en Castilla y León hay 467.759 hectáreas (13%) de dehesas y en Madrid 113.051 hectáreas.

Origen del término Dehesa

La dehesa es un sistema de explotación ‘fabricado’ por el hombre. La necesidad de obtener pastos, zonas de cultivo y árboles productivos ha llevado a los habitantes del suroeste peninsular a ir retirando las áreas de matorral mediterráneo para ir dejando los pies de los árboles de mejor porte y más productividad. Por eso, la dehesa es un sistema multifuncional y su rentabilidad se puede ver desde distintos primas en un espacio, la Iberia silícea, una tierra árida, seca y de suelos pobres. Así, el monte mediterráneo original, poblado de bosques y de materiales esclerófilos, se ha ido transformando con la progresiva eliminación de la vegetación arbustiva y el mantenimiento de alcornoques, encinas, quejigos, robles e incluso acebuches.

El término dehesa proviene del medieval defensa y 'defensar' o 'defessar' era defender pastos y territorios arbolados con un objetivo concreto. Aunque esta terminología y su concepto surgen aparejados al proceso de conquista que desarrollan los reinos cristianos de la Península, hay evidencias de que el aclarado del bosque mediterráneo ya era una práctica frecuente mediante rozas y quemas en época prerromana, todo ello en el marco de la continua lucha que los habitantes del Suroeste peninsular han tenido desde tiempos pretéritos con el monte por la necesidad de abastecer graneros y ganados.

La institución del Honrado Concejo de la Mesta en 1273, que regula el tránsito de ganados del norte hacia el sur a primeros del otoño en el proceso conocido como trashumancia supone un antes y un después en la consideración de las dehesas. Surgen entonces conflictos entre los habitantes del sur y los ganaderos invernantes por los pastos y el uso de las dehesas y ello lleva a múltiples disputas por el uso y control de los pastos y el aprovechamiento del arbolado. El incremento de población que se registra en el siglo XVI supone que muchas dehesas pasaran a ser de pasto y labor. Además, se incrementan las roturaciones de zonas monte por la necesidad de combustible y de madera, necesaria, entre otros fines, para abastecer a la creciente flota que convirtió a España en una potencial naval. Entre los siglos XIV y XVI hay multitud de ordenamientos reales y concejiles de dehesas, repartimientos entre pueblo llano, nobleza y clero y ya se tiene una conciencia clara de la protección del arbolado y de la necesidad de conservar este sistema en relación con la protección de la bellota. Un ejemplo de esto pueden ser las ordenanzas redactadas a finales del siglo XVI en la localidad realenga de Alcaracejos, en Los Pedroches, acerca de la protección del arbolado, de la regulación de las talas, de las quemas de rastrojos y de la diferenciación entre la explotación de suelo –pastos, siembras y rastrojos- y la de vuelo –bellota y leña-. Este sistema llevó en muchos casos a la sobreexplotación de muchos predios con el consiguiente perjuicio para la regeneración del arbolado. Sin embargo, la mano del hombre todavía tenía un alcance limitado y aún quedaban en la Edad Moderna muchos espacios por desmontar o “ahuecar”, como se denominaba en la época al proceso de aclarado del monte con reserva para los árboles.

Durante el siglo XVIII se imponen las ideas de la Ilustración y las reformas de Campomanes, Jovellanos y Olavide, entre otros, marcan el desarrollo de la agricultura y la ganadería en España. Se impulsan en esta época las roturaciones y se da importancia al cultivo de cereal. Esto supone el incremento de espacios adehesados por retirada del monte, pero también la desaparición de muchos pies de árbol. Al tiempo la Mesta va perdiendo poder y la economía pastoril da paso a una economía más ligada al labrado.

Las ideas ilustradas del siglo XVIII dan paso a las liberales del XIX y con ellas llegan las desamortizaciones. Grandes predios de la Iglesia –Desamortización de Mendizábal- y los de propiedad concejil y comunal –Desamortización de Madoz- pasaron a manos privadas tras un proceso de subasta. Esto cambió el paisaje de las dehesas y las modeló como el sistema de explotación que hoy conocemos. La casuística es, sin embargo, compleja. La privatización supuso la intensificación del labrado y la desaparición del arbolado en las tierras más fértiles, pero a la vez se produjo un incremento de los desmontes en los baldíos desamortizados. Muchos de estos baldíos se plantaron de olivar pero otros liberaron una gran cantidad de encinas y alcornoques. Además, en las dehesas que ya eran de bellota se configuró el sistema que aún pervive y se dio prioridad al ganado porcino y al ovino. Todo ello en manos privadas supone la deriva hacia la multifuncionalidad que tan buen resultado dio en la transición del siglo XIX al XX, época conocida como la Edad de Oro de la dehesa debido a que la mayor parte de las fincas privada lograron mantener el equilibrio entre las ya existentes demandas del mercado y el aprovechamiento pecuario, agrícola y forestal. Conviven por tanto los usos y formas de gestión relacionadas con el profundo conocimiento de este medio con una leve apertura a la modernidad que hacen que se incremente la rentabilidad de las explotaciones de dehesa junto a una extensión creciente del desmonte con respeto a los pies de árbol.

La crisis de la Dehesa

La época de carestía que sucedió a la Guerra Civil fue muy negativa para la dehesa. La necesidad de recursos, sobre todo de combustible, hizo que se produjeran talas muy abusivas, cuyos daños aún son apreciables en el arbolado de mayor edad. Fue el primer paso hacia el decaimiento de las masas forestales de encinar y de alcornocal. A ello, llegados los años 50 y 60, siguió el proceso desarrollista, la mecanización y la intensificación de la explotación de un entorno que tiene un equilibrio muy frágil. Las dehesas no cuadraban bien en la economía de mercado que se imponía en comparación las fincas de regadío o con las cerealistas de las campiñas. Al mismo tiempo se produce un constante éxodo rural, se pierde mano de obra experimentada y la dehesa pierde rentabilidad. Cada vez hay menos pastores y el ovino se sustituye por el bovino, de manejo más fácil, aunque supone un impacto mayor para el arbolado. Desaparecen los pastores, auténticos guardianes de los pastos y de la regeneración y la extensión de los sembrados en las zonas arboladas complica cada vez más la regeneración por lo agresivo de las nuevas prácticas agrícolas. Se pierden las razas autóctonas y la retinta da paso al charolais, el cerdo ibéricos a otras razas de mayor aptitud cárnica y los ovinos crecen en número en dehesas de reducido tamaño.

Pero durante el segundo tercio del siglo XX hay muchas más alteraciones, en este caso en el paisaje. Las paredes de piedra, por falta de mantenimiento, dejan paso a las alambradas, se pierden las zonas de seto verde por la intensificación de las prácticas ganaderas y de cultivo, crecen las naves de tacos prefabricados y de chapas galvanizadas y se pierden multitud de construcciones como cortijos, pilas de abrevar, cuadras, chozos, norias, estanques…

Las dehesas actuales

Tras la época desarrollista, se produce una etapa de progresivo incremento de la carga ganadera. Durante los 80 y los 90, la llegada de las ayudas europeas dirigidas a la producción en unos casos o al número de cabezas en otros hace que las dehesas acojan cada vez más cabezas de ganado con la consiguiente sobreexplotación de los recursos de encinares y alcornocales. La concienciación también ha crecido hacia la dehesa en las dos últimas décadas. Quizá el alarmante decaimiento del arbolado ha sido la palanca que ha impulsado esta nueva conciencia y eso ha llevado a la administraciones como la Junta de Extremadura y la Junta de Andalucía a desarrollar leyes encaminadas tomar medidas para proteger este sistema producción único.

Existe una mayor valoración de este paisaje de sierras y de penillanuras apartadas y eso ha supuesto nuevos nichos de negocio como el turismo rural. Muchos cortijos y haciendas de dehesa se han adaptado y actividades como la cinegética, sobre todo en el caso de la caza mayor, se han profesionalizado y son hoy una importante fuente de ingresos para fincas de dehesa con áreas de monte bajo que, sobre el terreno, tienen menos capacidad para sustentar una cabaña ganadera rentable.

Biodiversidad

Uno de los aspectos más valorados en la actualidad de la dehesa es su estrecha relación con la biodiversidad de un territorio. Las comarcas donde más peso tiene la dehesa o allá donde ésta alterna con el monte mediterráneo constituyen verdaderos ejemplos de variedad floral y faunística. Encinas, alcornoques, quejigos, robles melojos… se convierten en elementos clave de salvaguarda de los valores del monte mediterráneo en todo el Suroeste español. Además, la forma de explotación tradicional y extensiva de sistema de producción ganadera, agraria y forestal, propio de zonas rurales apartadas, ha propiciado la conservación y el mantenimiento de poblaciones de especies tan sensibles como el lince ibérico, el lobo, el águila real, el águila imperial ibérica, la cigüeña negra, el buitre negro, entre otros. Casi todas las rapaces diurnas y nocturnas habitan en la dehesa. A ello hay que sumar la enorme diversidad de reptiles y anfibios que conviven en pedreras y arroyos. Precisamente, los cursos de agua que fluyen entre encinares y alcornocales suelen conservar magníficos bosques galería.

Buena parte de las dehesas están acaparadas por distintas figuras de protección. Algunos ejemplos de ello son Monfragüe, Cabañeros, Cardeña-Montoro, Sierra de Aracena, Sierra de Hornachuelos, Sierra de Andújar, Sierra Norte de Sevilla, Sierra Gata, entre otros espacios. Además, buena parte de las dehesas peninsulares están declaradas Lugar de Interés Comunitario (LIC) por la UE

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